viernes, junio 03, 2005
Encargo papal
El Papa Benedicto XVI me ha comisionado para seguir la tradición de esconder el martillo papal con el que se destruirá su anillo al morir. Según la tradición nadie, salvo el encargado, en este caso yo, sabrá en dónde fue escondido. Un sacerdote de oficio me acopaña por las catacumbas de San Pedro, una serie de habitaciones en los sótanos, para que elija el escondite. Caminamos entre los monumentos de santos. En lugares determinados hay hojas tamaño carta pegadas desordenadamente con cinta adhesiva señalando los posibles lugares donde puede ser depositado el martillo. Las primeras habitaciones corresponden a los santos más antiguos, empezando por San Pedro. Hay estatuas viejas correspondiendo a cada personaje santo. Las voy recorriendo todas pero no me dejan una buena impresión: hablan de lo viejo, son lúgubres y siniestras. Es hasta que llegamos a la sección más actual de las catacumbas que me siento en el lugar correcto. Hay más luz y más colorido. Ya no hay tantas estatuas de piedra descolorida sino imágenes, placas con leyendas o pequeñas figuras alusivas a cada santo. Paso junto a una estatua de madera pintada de Juan Diego pero no me atrae. El cura intenta llamar mi atención hacia algunos personajes en particular; pero me pierdo de él entre los pasillos. En la parte trasera encuentro una placa que habla (que aunque está escrita en un lenguaje extraño yo capto el mensaje) de un santo de un país de Europa oriental, un adulto en sus 40tas, jovial y muy positivo que llevó una vida limpia, productiva y ejemplar. Al saber de su vida lloro desconsolada y liberadoramente. Me repongo para gritarle al sacerdote y a alguien que ahora le acompaña que ya encontré el lugar y que se retiren para esconder el martillo.
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