
Estoy en Lima por iniciar el curso de maestría. Me encuentro en las instalaciones anexas al lugar donde se imparte el curso y estoy en un cuarto de trebejos buscando material que necesitaré para el curso. No encuentro lo que necesito y empiezo a escuchar los ruidos de la gente que va llegando al curso. La gente que debiera apoyarme no está y me empiezo a sentir desesperado. No siento que estén las condiciones óptimas para empezar el curso y que éste tenga éxito. Me avisan que los alumnos ya están todos, urgiendome implícitamente a comenzar, metiendome más presión. No es la hora programada de incicio, es demasiado temprano, tal vez una hora antes. No me siento listo para empezar, ni práctica, ni emocionalmente. Estoy ahora en la sala de clase. Los alumnos están ya en sus puestos y yo ando a la carrera tratando de realizar los preparativos faltantes. Los alumnos murmuran y manifiestan su molestia de que el curso no inicie. Me doy cuenta de que estoy estableciendo una relación de animadversión cuando mi curso requiere una relación de colaboración para su éxito. Decido empezar pero me doy cuenta que uno de los alumnos ha salido: cuento 19 de los 20 apuntados y veo el espacio vacío. Necesito empezar con todos pero eso no lo saben los presentes. Me siento presionado y completamente inadecuado como facilitador del curso.
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